Ferran es, a juicio de la crítica internacional, el mejor cocinero del mundo. Es un español y catalán universal -sin duda uno de los más influyentes de su tiempo- que ha recorrido los cinco continentes ofreciendo la imagen de la España más moderna y creativa. Puedo dar fe de que Ferran siempre ha estado ahí cuando se le ha pedido que hiciera de embajador de España, sin que por ello haya percibido más recompensa que el respeto y la consideración que siempre ha sabido ganarse entre quienes hemos tenido el honor de conocerle. Ferran es un gran discípulo, que no pierde ocasión de honrar a sus maestros; y un maestro de maestros, de quien toda una generación de cocineros es deudora. Están en deuda con Ferran incluso quienes han intentado brillar repudiando su legado creativo: no sólo han conseguido ser más conocidos por sus críticas al genio que por sus propios méritos, sino que también han obtenido a cambio de sus insultos una lección de serenidad y elegancia. Ferran Adriá es un comunicador extraordinario, no por su verbo fácil, que no lo tiene, sino por la honestidad de su discurso, al que nunca le sobran ni faltan palabras. Y Ferrán es, sobre todo, una gran persona.
Esta semana, durante la celebración de Madrid Fusión, el acontecimiento gastronómico más importante del mundo (¡gracias Capel!), Ferran ha anunciado que El Bulli cerrará sus puertas temporalmente. Después de veinticinco años innovando a un ritmo frenético, Adriá pide tiempo para volver a revolucionar la gastronomía. Su ausencia quizá nos haga valorar aun más su gigantesca contribución al turismo. Ojalá la pausa sirva para que El Bulli, Adriá y Juli, vuelvan a convertir Roses en un lugar de peregrinación gastronómica durante otro cuarto de siglo.







